Ahora que se están desnudando entramados de corrupción pasada conviene que se internalice que la frugalidad del gasto público constituye un antídoto para contener la corrupción presente.

La puesta en movimiento de la acción pública contra funcionarios pasados está constituyendo lo más significativo y esperanzador de la presente gestión.

Esta esperanza debe ser coronada con medidas precautorias para contener la presente. La frugalidad del gasto público coadyuva a este fin al disipar tentaciones corruptoras.
La fastuosidad, derroche y despilfarro al gastar dinero público se convierten en vías expeditas para canalizar corrupción y proporcionar mal ejemplo al derramarla sobre nuestra estructura social-organismos públicos, empresas, ONG, etc.-; contaminando generalizadamente nuestra sociedad con una “cultura” de corrupción.

Sobran ejemplos contrarios al gasto frugal. Esta misma semana una de las deficitarias empresas públicas eléctricas pagó páginas completas en varios periódicos licitando reparaciones de vehículos algunas cuyo costo luce inferior a publicidad pagada; pretendiendo, especulamos, “alardear lo que carecen”

Una burocracia improductiva termina siendo corruptible y corruptora, tanto para quien se beneficia al no reciprocar las remuneraciones percibidas en accionares y actividades de servicio a la colectividad que debe servir; como para quienes las posibilitan mediante nombramientos por razones divorciadas al adecuado servicio público.

Una burocracia hipertrofiada, con varias personas designadas para cumplir un mismo rol o roles similares, en las mismas o en diferentes instituciones, termina fomentando la competencia entre “quien debe hacer que” viabilizando “indelicadezas” casi siempre reciprocadas con recompensas.

Los medios de comunicación han recogido denuncias y admisiones de como se han montado en programas sociales todo un andamiaje de corrupción entre beneficiarios de subsidios otorgados, financiados con impuestos pagados por contribuyentes, en complicidad con comercios canalizadores de ellos.

Hay corrupción “macroeconómica” al destinar enormes recursos captados por bancos en financiar déficits gubernamentales, en lugar de, y sacrificando su utilización para financiar producción satisfactoria de necesidades y generadora de puestos de trabajo.
La actual estructura del gasto público, concentrada en burocracia, subsidios y deuda, induce tentaciones de corrupción.

Durante primer cuatrimestre/2021(enero-abril), 92% de ingresos se destinaron a partidas citadas. El gasto corriente crece, con relación a igual período/2020, 43%; mientras inversiones de capital decrecen 61%. Todo esto en medio del increíble crecimiento de ingresos (53%) con relación al pasado año.

Si el presidente Abinader quiere casarse con la gloria, represando la corrupción de hoy y mañana, debe no solo apoyar el combate a la impunidad pasada sino administrarle antídoto a la presente y futura para lo cual, la mayor frugalidad en el gasto constituye un atributo fundamental.
Sobre todo, que tiene en la reforma fiscal pendiente, el escenario ideal para imponerla.

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