Discursos presidenciales

Los discursos, según diccionarios, procuran “convencer y conmover”. Como corolario citan características: “emocionar, informar o persuadir”.

Al tenor de estas definiciones y características, no percibimos que los discursos presidenciales están informando, convenciendo, emocionando, conmocionando y persuadiendo a la ciudadanía más allá de las primeras 24 horas de pronunciados.

Las instancias estratégicas-comunicacionales del gobierno deben, por el bien de una democracia a la que le es consustancial el respeto y credibilidad presidencial, evaluar sustancialidad de contenidos y oportunidad de discursos. Y frecuencias, para que un discurso no afecte los efectos del precedente.
Deben evaluar audiencia e impactos al margen de requerimientos de incondicionalidad frecuentemente exigida a las voces que reaccionan, en especial de instancias responsables de la nación que se sienten comprometidas con su democracia y desarrollo.

Y, consecuentemente, rediseñar estrategia discursiva en función de estas evaluaciones, luego de aplicar mecanismos sensores para determinar, p.e., niveles de audiencia y de apoyo y entusiasmo concitado, sostenidamente; mas allá del endoso de cortesanos, de privilegiados que disfrutan la detentación del poder, de intereses económicos que merodean con adulonería la búsqueda de canonjías, del compromiso incondicional que suele concitar todo liderazgo envuelto en una maquinaria exigente de poder y reconocimiento. E incluir no solo los que están sino lo que aspiran alcanzar beneficios.

La exposición excesiva y las frecuentes presentaciones mediante discursos, puede conducir al agotamiento del expositor sobre todo si va acompañado de hiperactividad; al desinterés, indiferencia y frustración ciudadana; a diluir prontamente mensajes, excluirlo prontamente del debate y conversaciones cotidianas; a contradicciones de actitudes y yerros en diagnósticos y propuestas; a proyectar imagen de inautenticidad por no internalizar debidamente contenidos aportados por colaboradores profesionales que recurren, compensatoriamente, a profusos ensayos y recursos mediáticos.

Y a desprestigiar el sabio recurso de la rectificación. Todo ello causante de desánimo ciudadano y decepción perjudicial para sostener y perfeccionar nuestra democracia; con el consecuente riesgo del salto al vacío.

Ojalá disponer una estrategia comunicacional gubernamental que proporcione trascendencia a discursos pronunciados, en beneficio de la presente gestión y de nuestra democracia.

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