TU HERMANO, TU MANITO

Nací en San Pedro de Macorís un 28 de Enero de 1941, a las 8 y 30 de la mañana. Ciudad marítima con delta ribereño enriquecido con manglares, playa y portuaria. Cabecera de la provincia del mismo nombre, localizada a unos 75 kms. de la ciudad de Santo Domingo; razón por la que su nacimiento, desarrollo y languidecimiento ha estado ligada a la suerte de la capital de la República

Según la tradición, la intelectualidad macorisana se origina en la migración de familias capitaleñas durante la ocupación haitiana del 1822. Durante la gesta restauradora, San Pedro fue una de las demarcaciones abandonadas por las fuerzas anexionistas como consecuencia del acoso montado por fuerzas guerrilleras.    Originalmente fue una aldea de pescadores pero para la fecha de mi nacimiento ya se había convertido – la ciudad, la provincia y la región – en el centro de la entonces llamada “espina dorsal de la economía”, la industria azucarera. Seis ingenios azucareros rodeaban la ciudad, la mitad de los cuales, incluyendo el mas grande,  eran propiedad de puertorriqueños – norteamericanos. La conjunción de estos factores, magnificaron la vocación portuaria de la ciudad y en consecuencia su apertura al mundo exterior. Tuvo el primer aeropuerto de hidroaviones donde acuatizó la primera línea aérea al país y el primer edificio de cuatro plantas (Edificio Morey. Ello hizo florecer el comercio e inmigración de nacionales procedentes de culturas bien enraizadas como la cocola, árabe, española, etc; y, por supuesto, por razones comerciales, de norteamericanos. Su apertura migratoria, portuaria y comercial se expresó el carácter cosmopolita de la ciudad expresado en la ciencia y en la cultura; llegándose a disponer del primer escenario teatral (Teatro Colón) por donde desfilaron celebridades como María Grever y se presentaron clásicos teatrales y musicales.

Mi abuelo vino al país atraído por su esposa Zaida Rissi emparentada con lo que entonces ya constituían comerciantes emplazados en los ingenios azucareros. Como la mayoría de los libaneses se dedicaron al comercio de tejidos vendidos ambulatoriamente en los ingenios azucareros. Posteriormente incursionaron en el comercio en general y en la explotación agropecuaria como ilustra la siguiente foto publicada en el álbum del cincuentenario de haberse erigido en provincia San Pedro de Macorís.

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Para el año de mi nacimiento la ciudad no llegaba a 20 000 habitantes, la tercera del país.

Vine al mundo en medio de una gravedad de mi hermano mayor, Roberto, quien a sus dos años de edad sufrió una fuerte enfermedad erróneamente diagnosticada y tratada. Siempre la tuvimos como  pulmonía aunque mas tarde me enteré, por labios de unos de los tíos últimamente fallecidos, que se trató de meningitis. Nos contaban que se estremecía ante el mínimo ruido hasta el punto que mis padres lograron la prohibición de la circulación de vehículos por la calle donde residíamos, que, afortunadamente, para esa época eran muy pocos. Al borde de la muerte, su recuperación fue posible gracias a la atención y cuidado de mi tío y padrino, Dr. Guillermo Herrera, primer médico dominicano graduado en leprología  en Paris, Francia; quien se arriesgó a aplicarle ………… (consultar con el cuñui) que recientemente se incorporaba a los protocolos terapéuticos de la medicina. Por querer permanecer mi madre a su lado, resistía separarse de él por lo que soportó los dolores de parto hasta el último minuto. Llevada al hospital apenas tuvo el tiempo suficiente para alumbrarme para luego regresar al lecho de su primogénito.  Tanto mi tío – padrino como mi tía Consuelo Herrera prácticamente se mudaron de Santo Domingo a San Pedro para cuidar, respectivamente, a mi hermano enfermo y al recién nacido que era yo.

Como toda buena madre afectada por la posibilidad de separarse terrenalmente de un hijo, educó a mi hermano con un alto sentido de protección extensivo a quienes le rodeábamos, incluso menores, hasta los niveles máximos de exigencias mas allá de lo que era razonable esperar. Me hizo siempre identificar a mi hermano con ese calificativo y muy raras veces por su nombre, aún después de adultos, como  consecuencia de las inculcaciones para protegerlo – “ve con tu hermano, llévale a tu hermano, acompaña a tu hermano etc. -. De niño lo llamaba “manito”, diminutivo de hermanito; que muchas veces mis padres utilizaban cuando me mandaban o indagaban algo sobre él o relacionado con él.  La protección de mi madre fue tal que llegué a recibir de ella encargos de cuidar a mi hermano mayor.  Y palizas por no hacerlo o cuando incurría en las riñas propias de la edad.

Con el tiempo pude percatarme que ésta inculcación fomentó en mi una capacidad de esfuerzo y sentido de responsabilidad que aprecio como uno de los valores que mas han contribuido a mi desarrollo profesional y personal hasta traducirse en beneficios quien sabe en que medida obedeciendo a un designio u ordenamiento

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