SE CAGÓ EN SUS PANTALONES

Por supuesto que el estar pendiente de mi hermano acrecentó los lazos afectivos hasta llegar a la dependencia. Cuando llegó el día  que mi hermano tuvo que asistir a la escuela fueron tantos los gritos que derramé que mis padres gestionaron con la prof. Camila Alvarez Morales, propietaria y directora de la escuela que enviarían a mi hermano, posteriormente condecorada por el Presidente Balaguer, que pudiera asistir aunque sea como “oyente”, condición que luego se repetiría al cursar mi maestría en Planificación. Contaba apenas con 4 años. En aquellos tiempos y aquella escuela era de la denominada aula unitaria a la que asistían todos los niños de primero a cuarto grado lo que permitía movernos entre los que ingresábamos al primero y los mas adelantados del último grado. Teníamos  que llevar en nuestros hombros las sillitas donde nos sentaríamos al comienzo y final de las clases, a veces por temporadas y en otras de lunes a viernes, cuando no cada día.
Si bien esto representó una ventaja pues permitió terminar el bachillerato a los 15 años y terminar la carrera de ingeniería a los 20, no dejaron de sucederme cosas desagradables como el día que no pude contener una evacuación en el camino desde la escuela a la casa, trayecto que, como era usual en aquellos tiempos por la corta distancia y poca circulación de vehículos, a pesar de la pequeña edad, recorría diariamente a pié el casi kilómetro que separaba la escuelita de casa.
Residía en una calle con tres nombres – Las Flores, o Nuñez de Cáceres o Duvergé – y mi escuelita estaba ubicada  a unas 10 cuadras. Frente a la casa de lejanos parientes, los Gellel, no pude controlar mis intestinos. Gracias a la intervención de Teto Santini quien coincidencialmente transitaba por esos lugares, pude sortear la situación y llegar con dignidad a mi casa.
Mi madre solía decir que de niño defecaba inmediatamente comía. Afortunadamente, al parecer, fui controlando mi esfínter sin afectar  mi desintoxicación interna lo cual me ha permitido contar con buena salud.
El apego a mi hermano volvió a manifestarse cuando llegó el momento de abandonar la escuelita de Camila Alñvarez Morales posteriormente reconocida como profesora disttingudis un hecho ¿coincidente? que nuevamente volvió a afortunarme, relativamente, en mi proceso de formación.  Agotado el cuarto año en la escuelita dentro el riguroso sistema educativo entonces vigente resultaba obligado el ingreso a la escuela primaria pública a partir del quinto año a menos que se dispusieran recursos familiares y existieran establecimientos que impartieran ese nivel de enseñanza. Yo estaba en el tercer grado por lo que me quedaría solo en la escuelita. No se hasta que punto la profesora Camila percibió las consecuencias del posible desapego a mi hermano o si formaba parte de su práctica habitual, pero propuso a mis padres, avalándose en mi aprovechamiento escolar, principalmente en las matemáticas, que si corregía mi caligrafía en el verano del 1949 podía promoverme directamente al quinto grado si cursar el cuarto. Es necesario recordar al efecto que el sistema de aula única facilitaba el aprovechamiento común y la propuesta de Camila.
Así lo hice. Ese verano tuve que llenar no se cuantos cuadernillos de caligrafía para poder seguir al lado de mi hermano en su ingreso al quinto grado de primaria, no sin antes someterme a rigurosas pruebas encabezadas por el Superintendente de Educación de la región, Prof  Peignand Cesteros  quien luego ocuparía la jefatura de la Secretaría de Educación.
Cursado los dos años de primaria, pasamos, mi hermano y yo, a la escuela intermedia y seguimos juntos hasta el segundo año del bachillerato.

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