Desacreditando pactos y diálogo

El diálogo constituye principal recurso de entendimiento entre instancias civilizadas. Los pactos, vía armoniosa de gobernar en democracia pluralista. Por eso debe preocupar la profusión de pactos que no solucionan problemas discutidos y diálogos políticos procuradores de bultos y poses más que resultados.
Se habla de pacto fiscal como si el gobierno no hubiera abortado uno similar en 2012.
El pacto eléctrico se hace sempiterno. Con médicos se discute empantanados en número de horas trabajadas como si eso fuera lo fundamental de nuestra insalubridad.
Transportistas condicionan pactar a que reforma fiscal no elimine subsidios, so pena de ocupar calles. Todo ello ante un diálogo político a paso de tortuga con mediadores parcializados, participación excluyente y agenda centrada en una ley de partidos que, a juzgar de un columnista, “al pueblo llano… le da tres pitos”

Salvo el educativo, cuyos resultados habría que evaluar luego que EDUCA divulgara que nuestros estudiantes tienen bajos niveles relativos de aprendizaje, no ha habido pactos o diálogo recientes exitosos. Por eso se han ido desacreditando y con ello aumentando dependencia de la suerte nacional en autoridades.
Si estas estuvieran bien inspiradas, en una conducción adecuada, revestida de legitimidad en base a la legalidad de donde emergieron, centrándose en consecución del Bien Común traducible en desarrollo sustentado en crecimiento económico inclusivo; no habría motivo de preocupación.

Pero no es nuestro caso. Del continuismo emanado de atolladeros electorales, visualizamos que las políticas no variarán: Continuarán crecimiento económico excluyente, sustentado en financiamientos que nos llevan a la plena hipoteca nacional; déficits fomentadores de economía especulativa beneficiando capitales financieros en lugar de dirigirlos a producción de bienes y generación de fuentes de trabajo que permitirían distribuir beneficios del crecimiento. Seguirán inversiones en megaproyectos condicionados por financiadores, casi siempre ligados a grandes empresas, en perjuicio de infraestructura de apoyo productivo y facilitadores de servicios esenciales reclamados por la ciudadanía, especialmente en nuestros barrios y campos. Políticas que agudizarán concentración de riquezas y mantendrán desempleo demandante de asistencia que nuestro Estado no podrá prestar por su condición endémicamente deficitaria; y si los presta, incrementará clientelismo perjudicial a la democracia.

Llegado el día de agotamiento de nuestra capacidad de endeudamiento, la “generosidad” financiera se revertirá en exigencias, de cobros y ajustes, abonando al desempleo y precariedades de servicios imperantes, aumentando exposición a detonaciones sociales.

Cambiar este escenario constituye imperativo nacional. Como no se otea en el horizonte gubernamental esa vocación, diálogos políticos inspiradores de pactos específicos, pudieran precipitarla.

Especialmente si concitan interés y entusiasmo en la ciudadanía hasta reparar ilegitimidad diezmada por atolladeros legales-electorales.

Pero para eso, diálogos y pactos no pueden seguir desacreditándose.

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