Agotamiento del sociopopulismo

La interpretación de recientes procesos políticos en importantes naciones latinoamericanas – Argentina, Brasil y Venezuela- debe ir más allá del simplismo dicotómico de izquierda o derecha, progresista o conservador, en que la cursilería presumida y afectada de la intelectualidad politóloga pretende encasillar movimientos y personas. Deben interpretarse como agotamiento de una praxis gubernamental insostenible económica y financieramente magnificada por la corrupción.

Esta praxis ha consistido en manejo complaciente e inescrupuloso del gasto para garantizar adhesiones a favor de gobernantes de turno excusándose en necesidades de la población y/o en una equivocada conceptualización de cómo alcanzar la justicia social.

Se manifiesta mediante nombramientos de empleados prescindiendo de productividades, estipendios destinados a beneficiar allegados particulares o partidistas, asignaciones de obras prescindiendo de capacidad ejecutora, concesiones de compras a empresas ad-hoc sin inventarios ni experiencia, adhesiones de conciencias por vías mediáticas, etc. Y por subsidios que enriquecen sectores sin mejorar servicios y/o aumentan dependencia inhibidoras del emprendimiento.

Venezuela introdujo el sociopopulismo bajo el eufemismo del “socialismo del siglo XXI”, sostenible gracias a ingresos petroleros originados al precio girando alrededor de US$100 el barril. Lo exportó vía PETROCARIBE. A precios actuales, carece de ingresos para sostenerlo so pena de provocar constreñimientos y precariedades, devaluación e inflación, ya observados. Abonado por privilegios y corrupción – medios de prensa dan cuenta de multimillonarios del chavismo– la ciudadanía acaba de pasar factura al sociopopulismo.

Brasil, además del petróleo, dispone del recurso de disponer economía de escala por ser “el país más grande del mundo”. Ocupa el séptimo lugar del PBI mundial, gran exportador de bienes y servicios como los de ingeniería y financiamiento. Gobernada por el Partido de los Trabajadores expresó su sociopopulismo mediante aumentos generales de salarios para generar la “demanda inducida” para animar la economía. Las pomposas instalaciones deportivas y una enorme “inversión social”expandieron el gasto hasta hacerlo insostenible fiscalmente. Como resultado, la reelecta presidenta tuvo que imponer ajustes que desplomaron su popularidad por debajo del 10%. Abonada por escándalos de corrupción alrededor de PETROBRAS, un expediente de destitución pende sobre su cabeza.

Argentina ocupaba la décima economía del mundo durante la Segunda Guerra Mundial. Hoy sufre un descenso en su posicionamiento (al lugar 21) como consecuencia de inestabilidades políticas coronadas por un sociopopulismo malcriado internacionalmente, incluso más discursivo que real. Abonada por una corrupción que ha cobrado víctimas presidenciales – condena presidente saliente y vicepresidentes en ejercicio- y asesinato de funcionarios judiciales cumpliendo obligaciones e interrumpiendo investigaciones, el sociopopulismo resultó castigado.

El agotamiento sociopopulista por insostenibilidad financiera y corrupción, no se detendrá en Argentina, Brasil y Venezuela. Arrastrará otros gobiernos, incluido el nuestro.

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